
Un lujoso transatlántico italiano tiene un lugar de honor en la historia del fútbol. En 1930, cuando viajar a Sudamérica era toda una odisea que duraba semanas, tres selecciones europeas se embarcaron en el legendario «Conte Verde» rumbo a Uruguay para disputar el primer Mundial de fútbol de la historia. Aunque este solo sería el principio de la historia del transatlántico, una que incluye el éxodo de miles de judíos al Lejano Oriente escapando de la Alemania nazi, exóticos intercambios de prisioneros de guerra en Mozambique y hasta cuatro hundimientos durante la Segunda Guerra Mundial.
El origen de los Mundiales
Desde su fundación en 1904, la FIFA soñaba con un torneo futbolístico a nivel mundial. Pero ante la falta de recursos y de la infraestructura necesaria para organizar un evento de semejante magnitud, tuvieron que recurrir al Comité Olímpico Internacional, que a partir de 1908 incluyó el fútbol masculino entre los deportes de los Juegos Olímpicos de Verano (el fútbol femenino tuvo que esperar hasta 1996 para ser incluido). No fue hasta las Olimpiadas de París de 1924 que la FIFA tomó la responsabilidad de la organización del torneo dentro de los Juegos, que repitió en Ámsterdam en 1928.
Ante el éxito de la competición futbolística en las Olimpiadas, el 28 de mayo de ese mismo año, el Congreso de la FIFA reunido en Ámsterdam votó la creación de un torneo especializado, independiente de los Juegos Olímpicos, abierto a los miembros de la FIFA y en el cual se permitiese el profesionalismo. Varios países europeos (Italia, Hungría, Países Bajos, España y Suecia) y uno sudamericano (Uruguay) se ofrecieron a ser los anfitriones del campeonato. Jules Rimet, presidente de la FIFA, estaba a favor de la propuesta uruguaya. No solo el país celebraría ese mismo año el centenario de la jura de su primera constitución (18 de julio de 1830), sino que se ofrecía a hacerse cargo de todos los gastos de los participantes y a la construcción de un nuevo estadio para organizar el evento. Además, Uruguay había sido campeona de los dos únicos campeonatos mundiales de la FIFA celebrados en el seno de los Juegos Olímpicos en París y Ámsterdam.
Así, el Congreso de la FIFA de Barcelona en 1929 eligió al pequeño país sudamericano como sede del primer Mundial de fútbol. Todos los países afiliados a la organización futbolística fueron invitados a competir, teniendo como fecha límite para su respuesta el 28 de febrero de 1930. Rápidamente, los países americanos mostraron su interés en participar en la competición, con Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Estados Unidos, México, Paraguay y Perú sumándose al organizador Uruguay. Sin embargo, no fue así entre los europeos. Aunque Italia, Hungría, Países Bajos, España y Suecia habían mostrado su interés por organizar el torneo, no estaban dispuestos a desplazarse al otro lado del mundo para jugarlo. Dos meses antes del torneo, ningún país europeo había confirmado su presencia. Finalmente, Yugoslavia, Rumanía, Francia y Bélgica aceptaron la invitación y asistieron a la cita en Montevideo, a la que los tres últimos llegaron tras cruzar el Atlántico a bordo del «Conte Verde».
El “Conte Verde”
Dos millones de italianos llegaron a América entre 1900 y 1914. Las navieras italianas como Navigazione Generale Italiana o Lloyd Sabaudo aprovecharon la enorme demanda de transporte transatlántico para ampliar sus flotas. El «Conte Verde» era el segundo de una serie de cuatro transatlánticos encargados por la Lloyd Sabaudo a los astilleros escoceses William Beardmore & Co. de Dalmuir, al noroeste de Glasgow. Formaba parte del plan de expansión de la compañía iniciado en 1913 y que estaría compuesto por el «Conte Rosso», el mismo «Conte Verde», el «Conte Biancamano» y el «Conte Grande». El «Conte Verde», con unas dimensiones de 170,5 metros de eslora por 22,6 metros de manga, fue botado el 21 de octubre de 1922. Propulsado por turbinas de vapor Parsons alimentadas por calderas de gasóleo, alcanzaba los 19,5 nudos de velocidad máxima. En sus diez cubiertas había espacio para 450 pasajeros de primera clase, 290 de segunda y hasta 1.780 en tercera, la reservada a los emigrantes italianos camino de América. El viaje inaugural del «Conte Verde» partió el 21 de abril de 1923 de Génova con destino a Buenos Aires, pero el viaje que lo hizo famoso tuvo lugar siete años después.

El viaje al Mundial
Tras cinco años exiliado en Inglaterra con su amante, el rey Carol II de Rumanía decidió volver por sorpresa a su país y ocupar de nuevo el trono el 6 de junio de 1930. Con el fin de recuperar el favor del pueblo, una de sus primeras decisiones fue forzar la participación de la selección rumana en el Mundial de Uruguay. Además, eligió personalmente a los jugadores del combinado entre los empleados de una empresa petrolera, a los que consiguió un permiso de tres meses en sus puestos de trabajo. Y no solo organizó la participación de su país en el campeonato, sino que, de paso, convenció al vecino reino de Yugoslavia para que también participara.
Los yugoslavos embarcaron en Marsella en el vapor «Florida» el 21 de junio de 1930, tras un viaje de tres días en tren hasta la ciudad francesa. La única razón de que no viajaran en el «Conte Verde» es que ya no quedaban billetes. La selección de Egipto tenía que haber viajado con ellos, pero el mal tiempo retrasó su barco y no llegaron a tiempo. Los egipcios se disculparon y el Mundial se celebró con 13 combinados nacionales en lugar de los 14 previstos.
Los rumanos viajaron desde su concentración en Timișoara al puerto de Génova durante tres días en tren. El 20 de junio de 1930, junto a su rey Carol II, embarcaron en el puerto italiano a bordo del «Conte Verde». Su primera parada fue al día siguiente en Villefranche-sur-Mer, en la Costa Azul del sur de Francia, para recoger al equipo francés. Jules Rimet, presidente de la FIFA, presionó para que su país enviara un combinado nacional al campeonato sudamericano, aunque ni el propio seleccionador Gaston Barreau ni su mejor jugador Manuel Anatol acudieron a la cita. Lo que sí acompañó a Rimet fue la copa de oro fabricada por el escultor Abel Lafleur para el ganador del torneo, bautizada como «Victoria», aunque años después sería conocida por el nombre del propio presidente de la FIFA.
El día 22 el buque hizo escala en Barcelona. En el puerto catalán embarcó la selección nacional de Bélgica. Los belgas habían sido el primer equipo europeo en apuntarse al Mundial, bajo la presión de su paisano Rodolphe Seeldrayers, vicepresidente de la FIFA. Llegaron a Barcelona en tren, aunque en su expedición faltaba su mejor jugador, Raymond Braine. El fútbol belga de aquella época no era todavía profesional, aunque algunos jugadores recibían un dinero en función de su rendimiento. Para complementar sus ingresos, muchos de ellos abrieron cafés. Era tal su número que la Asociación Belga de Fútbol llegó a prohibir su apertura bajo pena de sanción. Braine, que acababa de abrir un café en diciembre de 1929, decidió dejar la selección e irse a jugar al extranjero.
Tras partir de Barcelona, las siguientes escalas fueron Lisboa, Madeira y Canarias. Más de once mil kilómetros los separaban de la sede mundialista. El viaje fue realmente tranquilo. Los jugadores combinaron ejercicios físicos con la natación en la piscina del barco. Nada de táctica ni estrategia, y mucho menos de ejercicios con balón. Actuaciones cómicas o un cuarteto de cuerda amenizaron las veladas. Para muchos de los seleccionados era como un campamento de verano, sin ser realmente conscientes del lugar que iban a ocupar en la historia del balompié. El 29 de junio el «Conte Verde» llegó a Río de Janeiro, donde embarcó el equipo nacional de Brasil. Finalmente, el 4 de julio de 1930, tras dos semanas de viaje, las cuatro selecciones llegaban a su destino en Montevideo, donde unos diez mil uruguayos los esperaban en el puerto.

El Mundial de Uruguay
Las cuatro selecciones europeas (Yugoslavia, Rumanía, Francia y Bélgica) se unieron a las nueve americanas (Argentina, Chile, México, Estados Unidos, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Perú y Brasil). El 13 de julio de 1930 comenzaba el campeonato. Aunque Francia, Yugoslavia y Rumanía ganaron sus primeros partidos, solo los yugoslavos superaron la primera fase. El viaje en el «Conte Verde» pasó factura y los tres combinados europeos que cruzaron en él el Atlántico quedaron eliminados a las primeras de cambio. El campeonato acabó con la victoria de Uruguay sobre Argentina por 4 tantos a 2 en la final celebrada en el estadio Centenario el 30 de julio. El pequeño país sudamericano ganaba su tercer campeonato mundial de la FIFA de forma consecutiva, tras los de París en 1924 y Ámsterdam en 1928, aún dentro de las Olimpiadas.
La vida posterior del “Conte Verde”
Aquí acaba la historia del Mundial, pero no la del «Conte Verde». Hasta 1932 el buque siguió al servicio de la Lloyd Sabaudo cubriendo principalmente la ruta entre Génova y Nueva York. Ese año, las compañías Navigazione Generale Italiana, Cosulich Società Triestina di Navigazione y la propia Lloyd Sabaudo se fusionaron en la sociedad Italia Flotte Riunite, también conocida como Italian Line. En ese momento el buque cambió su puerto base a Trieste, con destinos en el Lejano Oriente como Bombay, Shanghái, Singapur o Hong Kong a través del Canal de Suez. En esta época tuvo ocasión de volver a transportar deportistas a un gran evento, trasladando al equipo olímpico de China a los Juegos de Berlín de 1936.
En aguas de Hong Kong el «Conte Verde» sufrió el primero de sus cuatro hundimientos. El 1 de septiembre de 1937 un potente tifón empujó al transatlántico italiano contra el japonés «Asama Maru», acabando con ambos barcos en el fondo de la bahía de Chai Wan. Ambos buques fueron reflotados tras el accidente, y el «Conte Verde» pudo continuar realizando viajes entre Europa y Shanghái, una de las principales rutas de escape de los judíos alemanes y austriacos del terror nazi. Entre 1938 y 1940 unas 17.000 personas utilizaron los buques italianos para refugiarse en el Lejano Oriente. Pero la entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial suspendió la ruta indefinidamente, dejando al «Conte Verde» confinado en Shanghái.
En diciembre de 1941, tras el ataque a Pearl Harbor, Japón entró en la guerra. Seis meses después, en junio de 1942, los japoneses y los estadounidenses acordaron el intercambio de diplomáticos y civiles. Para ello, los americanos fletaron el «Gripsholm», mientras que los japoneses utilizaron el «Asama Maru» y el «Conte Verde», rebautizado como «Teikyo Maru». A bordo del buque italiano viajaron 639 americanos hasta Lourenço Marques, capital de Mozambique, actual Maputo, lugar escogido para el intercambio. Tras el viaje el buque volvió al puerto de Shanghái. Allí ocurrió el segundo de sus hundimientos. Tras la firma del Armisticio de Cassibile el 8 de septiembre de 1943, la tripulación italiana del «Conte Verde» hundió el barco a la entrada del astillero de la ciudad, evitando que cayera en manos japonesas a la vez que bloqueando la reparación de otros buques en la factoría naval del puerto. Sin embargo, los japoneses consiguieron sacar nuevamente el buque de debajo del agua en julio de 1944, y renombrado como «Kotobuki Maru», convirtieron el antiguo trasatlántico en un buque de transporte de tropas. Solo un mes después, un ataque aéreo estadounidense frente a Kioto acababa con el buque de nuevo hundido por tercera vez.
Tras reflotarlo otra vez, el barco fue trasladado en junio de 1945 hasta Maizuru, una ciudad portuaria al norte de la prefectura de Kioto. Un nuevo ataque aéreo lo envió al fondo del mar el 25 de julio, apenas una semana antes del bombardeo atómico sobre Hiroshima. Esta vez sería la definitiva. El buque no volvió a navegar y finalmente, en 1949, fue desguazado.

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Juan A Oliveira es Ingeniero Técnico Naval por la Universidade da Coruña y MBA por la UNIR. Con más de 20 años de experiencia en el sector naval, desde 2013 edita y coordina el blog vadebarcos.net. Puedes conectar con él a través de LinkedIn.
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