Aunque la tarde había comenzado de forma apacible, las condiciones atmosféricas de los lagos de montaña suizos son muy caprichosas. Así que en medio de su tranquila travesía por el lago Leman a bordo del “Tümmler”, Albert Einstein y Marie Curie se encontraron con una tormenta. La anécdota, contada muchos años después por Hans Albert Einstein, el hijo del famoso físico, recoge que Madame Curie, viendo que la situación parecía volverse peligrosa por momentos y con el ánimo de tranquilizarse le comentó a su anfitrión:
-No sabía que usted fuese un experto marino.
A lo que Einstein respondió:
-Yo tampoco.
-No, lo digo porque si el barco volcase, yo no sé nadar.
Einstein, sin dejar de mirar hacia adelante y sujetando el timón, respondió:
-Pues yo tampoco, querida señora.
En efecto, el sabio no había aprendido a nadar, pero era un buen navegante y un gran conocedor de los cambios del tiempo en los lagos, ya que llevaba navegando allí desde que tenía dieciocho años, cuando estudiaba en la Escuela Politécnica de Zúrich. Fue en Suiza en donde descubrió su pasión por la vela, una afición que no abandonaría jamás.

El autor de la Teoría de la Relatividad era un gran entusiasta de la navegación a vela. Durante su vida, pasó cientos de horas surcando las aguas en solitario a bordo de los diferentes barcos que poseyó. Einstein argumentaba que navegar le permitía dejarse llevar completamente y alejarse del mundo, aunque a menudo llevaba encima un cuaderno y un lápiz para plasmar sus pensamientos.
Sus amigos, conocedores de su afición, decidieron en 1929 regalarle un velero por su cincuenta cumpleaños. Siguiendo el diseño del ingeniero naval Adolf Harms y construido en el astillero de Berkholz & Gärsch, el barco, bautizado como “Tümmler” (marsopa en castellano), era un pequeño velero de siete metros de eslora y 2,35 metros de manga, con una vela mayor de 16,05 metros cuadrados, una vela de estay de 3,95 metros cuadrados y un foque de 8,25 metros cuadrados, una quilla móvil y un motor auxiliar de 5 CV. La cabina contaba con dos cómodas literas.

Denominado cariñosamente “el barquito gordo” por Einstein, al físico le encantaba el “Tümmler” e incluso envió en otoño de 1929 una carta de agradecimiento al astillero: «El velero cuenta con mi mayor respeto y también con el de todas las personas que han navegado con él. Combina un alto grado de estabilidad con una movilidad y comodidad relativamente altas para el manejo». Para él la simplicidad era esencial, ya que no quería complicarse mucho durante sus salidas y además le permitía relajarse y dedicar su cabeza a desarrollar sus teorías.
Pero Einstein solo pudo disfrutar de su velero durante cuatro años. El ascenso de Hitler al poder en 1933 encontró al científico en los Estados Unidos. Debido a su origen judío, todas sus posesiones fueron confiscadas, incluyendo su velero. Einstein intentó recuperar el “Tümmler” por todos los medios. Llegó a pedirle a Hermann Schumann, dueño del astillero en el que el barco estaba amarrado, que lo trasladara a un varadero de los Países Bajos, pero su amigo se negó temiendo las represalias de los nazis.
El 28 de febrero de 1934 el velero fue puesto a la venta de nuevo mediante un anuncio en el Potsdamer Tageszeitung: “Barco de vela con motor de arranque, equipamiento adicional, disponible de inmediato, construido sólidamente en caoba, en buen estado, 20 m² de velas, amarrado en Caputh, Potsdamer Straße 27. Ofertas al ayuntamiento de Caputh hasta el 8 de marzo.“. La única condición era que no fuera vendido a enemigos del régimen. En mayo el barco fue vendido al dentista Wilhelm Fiebig. La historia del “Tümmler” acaba aquí. Aunque Einstein lo buscó tras la guerra, nunca pudo saber más de él. Pero eso no evitó que el Nobel siguiera navegando.
Cuando llevaba ya seis años en los Estados Unidos, Einstein alquiló una casa de campo en Long Island, con vistas al puerto de Cutchogue. Desde allí se desplazaba en primavera y verano a la costa de Rhode Island o a los lagos Carnegie y Saranac a navegar en su nuevo velero, una pequeña embarcación de 5 metros de eslora llamada “Tinef”, que en yiddish significa “algo sin valor”. De esa época son las anécdotas que alimentaron el mito del Einstein mal navegante. En 1944, en el lago Saranac, su barco chocó con una roca, se llenó de agua y acabó volcando. El físico, que no había aprendido a nadar, estuvo a punto de morir ahogado enganchado entre la botavara y la vela mayor, pero consiguió liberarse y ser rescatado por otra embarcación.

Einstein mantuvo el “Tinef” hasta su muerte en 1955, sosteniendo hasta sus últimos días que le encantaba la vela porque era el deporte con el que podía obtener el mayor placer en comparación con el esfuerzo que tenía que dedicarle. Además, sus salidas en barco seguramente hayan dejado huella en el mundo marítimo actual. Es muy probable que durante sus singladuras trabajara en la teoría de la relatividad, sin la cual no sería posible el funcionamiento de los modernos GPS y no existiría la navegación satelital tal y como la conocemos.
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Juan A Oliveira es Ingeniero Técnico Naval por la Universidade da Coruña y MBA por la UNIR. Con más de 20 años de experiencia en el sector naval, desde 2013 edita y coordina el blog vadebarcos.net. Puedes conectar con él a través de LinkedIn.
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