Concepción Rodríguez, la palilleira del Titanic

El encaje de bolillos representa una de las tradiciones artesanales más emblemáticas de Galicia, un arte delicado que durante siglos ha pasado de generación en generación entre las manos de miles de mujeres. Pero esta técnica también tiene su propia historia marítima: a principios del siglo XX, el puerto de Camariñas se convirtió en la puerta atlántica desde donde miles de piezas de encaje cruzaban el océano rumbo a América. Una de esas travesías acabaría trágicamente vinculada al naufragio más célebre de la historia: el hundimiento del Titanic, que se llevó consigo a las profundidades del Atlántico Norte una muestra del trabajo de la palilleira Concepción Rodríguez, la única carga española a bordo del mítico trasatlántico.


A comienzos del siglo XX Camariñas y sus alrededores concentraba el 90% de todas las palilleiras de Galicia, artesanas que se dedicaban a la producción de encaje con bolillos. El origen de esta técnica tiene diferentes teorías, desde su llegada en la Edad Media a través del Camino de Santiago hasta el retorno en el siglo XVII de los soldados de la zona de la guerra de Flandes, casados con mujeres flamencas que trajeron esta forma de encaje a Galicia.

Sea como sea, lo que está claro es que a principios del siglo XX gran parte de la producción del encaje de bolillos se dedicaba a la exportación a América. Cuba, Argentina, Uruguay, Puerto Rico y Estados Unidos eran los principales destinos del encaje de toda la Costa da Morte, desde Muxía hasta Vimianzo, aunque se quedó con el nombre de encaje de Camariñas porque este era el puerto desde donde salía para América. 


Muy pocas de las mujeres y niñas palilleiras salieron del anonimato. Concepción Rodríguez es una de ellas, gracias a la tragedia del Titanic. Esta artesana de Ponte do Porto no era solo una magnífica palilleira, sino también una puntilleira, es decir, una vendedora de encaje. Gran parte de sus trabajos eran adquiridos por intermediarios como Francisco M. Balboa (Muxía) y Antonio Lema, vendedor de Canduas (Cabana de Bergantiños) y propietario desde 1900 de la empresa Grandes Talleres de Galicia Moderna, especializada en la confección de puntillas. 

La madrugada del 14 al 15 de abril de 1912, a unas 400 millas al sur de Terranova, se produjo el naufragio más famoso de la historia. El «insumergible» Titanic se hundía en aguas gélidas tras chocar con un iceberg durante su viaje inaugural entre Southampton y Nueva York. El mar se llevó más de 1.500 vidas y un cargamento incalculable. Semanas después del naufragio, el agente en Nueva York del vendedor Antonio Lema le enviaba una carta en la que, ante el retraso de ciertas mercancías, se lamentaba ante la posibilidad de que hubieran sido transportadas en el Titanic.


Y así fue. Como avala la Fundación Titanic, entre las 6.000 toneladas de mercancías perdidas, una pequeña caja viajaba desde el otro extremo del Atlántico: encajes de Camariñas fabricados por Concepción Rodríguez para Antonio Lema. Aquella caja de encajes que zarpó del puerto de Camariñas nunca llegó a su destino final de Los Ángeles. Descansa desde hace más de un siglo a 3.800 metros de profundidad, testimonio silencioso de los miles de mujeres gallegas cuyo trabajo cruzaba el Atlántico en las bodegas de los grandes transatlánticos. 

Hoy, la réplica expuesta por la Fundación Titanic en su exposición «Titanic The Reconstruction» del Parque de las Ciencias de Granada, en la que se muestra una caja y una vitrina con distintas piezas de encajes de bolillos es más que un homenaje a Concepción Rodríguez. Es el reconocimiento a una Costa da Morte que no solo fue escenario de naufragios, sino también origen de un comercio marítimo que conectó la artesanía de Galicia con el mundo.


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